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BICULTURALISMO

(Entrevista para ABC. Noviembre 2001)

1. ¿Qué es diferente en la educación/relación de una familia bicultural- bilingüe? ¿Y en una sólo bicultural?

L.R.C: La familia bicultural es una estructura más compleja , aunque la complejidad siempre requiere de algún esfuerzo mayor, es, a la vez, una fuente de riqueza y oportunidades múltiples valiosisima. Una familia multicultural va a tener que crecer entre la negociación, la cooperación y los pactos y si esto es una dificultad, también es cierto que tener la necesidad de aprender a manejarlo va a ser un aprendizaje valiosisimo para el resto de la vida en cualquier aspecto. Van a tener más información, por lo tanto habrán de desarrollar estrategias especiales para organizarla y van a tener que desarrollar más rápidamente capacidades de análisis, crítica, toma de decisiones e integración de conocimientos y actitudes. Si todo esto es bien llevado la familia bicultural es una familia privilegiada por su ambiente enriquecido y múltiple y especialmente preparada para adaptarse a cualquier circunstancia futura. También es cierto que a veces la complejidad es difícil de manejar, y la familia, o algunos miembros, pueden sentirse incómodos e, incluso, rechazar una parte de su herencia cultural. En ese caso, los padres deben estar atentos para ayudar a los hijos a solventar esas crisis adecuadamente o, si se trata de miembros adultos, debe buscar el apoyo de otras personas que comprendan el problema y tengan experiencia, como por ejemplo asociaciones de su misma cultura.
Dos culturas diferentes con el mismo idioma no comparten sólo una forma de expresarse, comparten una parte esencial de la cultura, e incluso muchas estructuras mentales y de pensamiento que tienen que ver con cómo está estructurado el idioma. Una familia bicultural y además bilingüe es una familia “más bicultural”, es una familia más compleja y que debe introducir en sus modos de relación y en sus retos educativos una peculiaridad más. Bien asimilado, el bilingüismo es algo envidiable. Algunas de las pautas para que esto ocurra serían las siguientes:

Que no haya un enfrentamiento emocional entre las lenguas ni una situación de rivalidad. Imaginemos un niño cuyos padres tienen una mala relación en la que el niño participa y cada uno tiene un idioma de referencia o, en grupos más amplios, las familias que por sus antecedentes personales o históricos viven uno de los dos idiomas en los que se han de manejar como un símbolo, por ejemplo, de dominación. En estos casos el individuo mantiene una pugna interna y pasa el idioma de ser esencialmente un modo de comunicación a ser un recuerdo constante de sus conflictos. En otros casos uno de los dos idiomas que debemos aprender puede tener para nosotros connotaciones de marginalidad (puede ser el caso del español en algunos ambientes de Estados Unidos). En ese caso, la motivación para aprenderlo disminuirá o incluso será rechazado y, el aprendizaje prosperará mal. En todos estos casos el aprendizaje debe de ir acompañado de la solución de los conflictos.

Que, durante el aprendizaje los dos idiomas no se mezclen indiscriminadamente. Lo ideal es que cada idioma esté asociado un contexto o a una persona. Esto es, hablo alemán en el colegio y español en casa. Mamá me habla en inglés y papá en español, y cuando estamos juntos en casa hablamos inglés, pero con los tíos hablamos todos en español. Incluso podría ser que hablásemos en francés siempre que hablamos de, por ejemplo comidas, y en español, de fútbol. Son separaciones orientadas a evitar la confusión y mezclar estructuras lingüísticas lo que, además de prolongar el tiempo de aprendizaje, puede provocar problemas permanentes.

Adaptarse al momento de desarrollo evolutivo del niño. Si el niño nace un ambiente bilingüe será la forma más natural y espontánea de aprender dos lenguas. Si el bilingüismo se inicia más tarde, por ejemplo, por un cambio de residencia, habrá que tener en cuenta la edad del niño y su desarrollo, y ajustar el aprendizaje a las características concretas del niño. Una familia que se traslada a otro ámbito lingüístico con un niño recién nacido, otro de tres años y otro de diez no puede utilizar las mismas técnicas en los tres casos.

2. La familia intercultural, bilingüe en muchos casos, no sólo el idioma sino también normas, valores, reglas de comportamiento, gratitud, respeto…. diferentes en ciertos casos a las imperantes en la sociedad, ¿cómo influye esto en los pequeños? ¿están desorientados o, por el contrario, se sienten especiales y con una educación más rica?

L.R.C: En gran medida va a depender de cómo esa “sociedad imperante” acoja sus diferencias. Hay grupos culturales mejor aceptados o más valorados que otros, y esto cambia según los países. Si le toca ser representante de una de esas culturas con “buena imagen” todo será muy fácil. En el caso contrario los padres van a ser fundamentales al ayudarle a generar mecanismos para responder a la presión o contestar preguntas sin sentirse constantemente en la necesidad de ajustarse a clichés establecidos, encontrando incluso orgullo en ello y, sobre todo, no implicándose emocionalmente hasta el punto de generar actitudes defensivas constantes, o de aislamiento. Hay que fomentar la comunicación, la idea de que tenemos un margen de libertad para decidir sobre nuestra identidad y el no dejar de establecer redes con ninguno de los diferentes grupos que la forman.

3. Las contradicciones culturales (muchas veces en ciertas casas se hablan de temas o se practican comportamientos en cierta manera inapropiados para la cultura imperante), ¿cómo y cuándo desarrolla el niño las aptitudes necesarias para saber “comportarse” dentro y fuera de casa?

L.R.C: Los niños enseguida aprenden a diferenciar contextos y a desarrollar roles específicos para una situación u otra. Lo hacen desde que nacen y adoptan una actitud y unos reclamos y comportamientos completamente diferentes con la madre, el padre o por ejemplo el hermanito. En este sentido, son más hábiles y más naturales y rápidos que los adultos. Esta capacidad dependerá, no obstante, de las propias capacidades que la familia, y los padres como sus primeros educadores, tengan. Si los recursos de estos en este sentido, no fueran amplios, la escuela podría ser un buen ámbito para corregirlo y enseñarlo. El niño va a comprender perfectamente que hay unas normas en un sitio para unas personas y que otras personas y grupos funcionan con otras normas; lo que puede pedir o hacer en un sitio y en otro. Lo que sería difícil de aceptar sería que cada uno de estos contextos no fuera coherente consigo mismo, y le dictara normas contradictorias. Los niños son tremendamente adaptativos y, en ocasiones, somos los adultos, mucho más torpes para esto, los que podemos llegar a exigir que se comporte fuera de casa según nuestros propios esquemas culturales, olvidando que el niño no es nosotros sino que es ya una combinación distinta y única de su padre, su madre, los antecesores de ambos y el medio en el que se mueve: esa “cultura imperante”, y que, como tal, va a buscar y a encontrar formas de vivir distintas o matizadas a las que nosotros creemos adecuadas, que van a ser la consecuencia de esa amalgama. Y esa fusión es adaptarse que es para lo que nos prepara la naturaleza, el primer mandato de las especies. No podemos pedir al niño que sea un representante de nuestro modelo cultural de origen a cualquier coste. Hemos de brindarle toda la información, no escatimando datos en función de lo que nos interese, para que, poco a poco, él vaya tomando decisiones según adquiera capacidad para ello. Debemos poner a su disposición modelos positivos, libros o ejemplos de todos los ámbitos culturales, entre los que va escogiendo. Finalmente, él se irá decantando en su propia dirección, que, en diferentes etapas de desarrollo, puede incluso variar, y que puede ser distinta en cada uno de los hijos.
(Creo que este final responde a la pregunta 6)

4. ¿Existe una pérdida de autoridad si la madre o padre (en favor del progenitor “nativo”) no dominan a la perfección el idioma imperante en la sociedad?

L.R.C: Puede haber casos concretos en que esto ocurra pero los principios de autoridad no de un dominio perfecto del idioma. La autoridad tiene que ver con el poder y el poder en la familia se consigue y se maneja de formas muy complejas, que pocas veces pasan por el lenguaje, y tienen sobre todo que ver con el manejo de emociones y de medios.
(Un ejemplo claro en ese sentido sería el ejército:sin mucho lenguaje se manda y se obedece).

5. En sociedades ya de por sí bilingües (p.e. País Vasco, Cataluña, Galicia) donde los niños se crían desde temprano aprendiendo dos idiomas nacionales, uno extranjero y, quizás (si difiere), el de su padre o madre, ¿cómo se puede desarrollar un bilingüismo?

L.R.C: Sería una situación de trilingüismo. Es perfectamente factible ser competente en el uso de tres lenguas. Es cierto que requiere un esfuerzo superior, no tanto para hablarlo o usarlo aceptablemente como para conseguir un uso correcto, esto es, sin errores gramaticales, sin faltas de ortografía o, mejor aun, un uso culto, con por ejemplo, referencias literarias o culturales. Pero tampoco debemos olvidar que personas que sólo hablan un idioma, muchos de nuestros niños escolarizados, tampoco consiguen, con frecuencia, un buen uso de ella. Con facilidades educativas, buenos métodos pedagógicos, algo de esfuerzo y respetando pautas elementales sobre psicodesarrollo de las que antes hemos hablado no tiene por que suponer problema importante y, a cambio, aporta una considerable riqueza. En el País Vasco y en Cataluña muchas personas, por proximidad geográfica, han crecido hablando extraordinariamente francés, vasco o catalán y español sin problemas.

6. La integración es una palabra de moda, ¿pero están preparados los colegios y la sociedad para aceptar plenamente a los niños biculturales o bilingües?¿hacen falta políticas de integración? ¿se tiene que producir esta integración como adaptación al medio o como diferenciación? ¿no es peligroso el hecho de que se tienda a una supremacía cultural?

L.R.C: La educación es un campo muy revuelto en los últimos años. Incluso en los niños sin problemas de interculturalidad el fracaso escolar es elevadísimo, los profesores se encuentran con problemas de motivación, de disciplina, de estructuras educativas y familiares cuando menos confusas. Los colegios están intentando adaptarse a los nuevos cambios sociales, y generan ideas cada día aunque a veces lo manifiestan como desalentador. En estas circunstancias los niños biculturales o bilingües (o monolingües y sin español) suponen un reto más al que no estábamos acostumbrados y del que no teníamos experiencia.
La escuela debería ser muy flexible e individualizar el tratamiento de cada niño, cosa que es muy compleja dentro de un “gran sistema” educativo. Con frecuencia el niño pasa, de la noche a la mañana, de una escuela en Rabat a un colegio en Barcelona. Los cambios repentinos y bruscos pueden dar resultados rápidos, pero pueden dejar secuelas y problemas profundos. El encontrarse de pronto en un ambiente cultural diferente va asociado con frecuencia a bajones de autoestima, retraimiento y, en ocasiones, ruptura con el sistema. Es posible que, para los casos de gran choque cultural e idiomático, fuera preciso habilitar unas clases especiales “de transito” con las que amortiguar el choque y preparar para la integración, mejor que la inmersión plena y repentina en el sistema. En un segundo periodo el niño estaría escolarizado “normalmente”, pero pudiendo ser asistido por un “mediador”. Finalmente, quedaría integrado, pero no necesariamente homogeneizado culturalmente, en una educación respetuosa con creencias, costumbres.

Vamos adaptándonos a todo esto a marchas forzadas, con la sensación de que la vida va más deprisa que las soluciones. Es urgentísima una política de integración que de posibilidades dé estar adaptado sin renunciar a la diferencia. Cuando los niños de otras culturas tienen problemas en la escuela no es más que otra muestra de los problemas que ser diferente trae, problemas que comparten su raíz con los que tiene el “niño gordito”, el niño que no viste conforme al esquema de sus compañeros, el niño con superdotación, el que es más lento, o el “manta” en fútbol. Nuestra sociedad tiene que mejorar en tolerancia. La escuela está haciendo el esfuerzo más grande en la historia de la educación española para ello, pero hay que hacer más, mucho más y mejor.
Pensar en evitar que haya una cultura más “poderosa” es un tema apasionante desde la sociología, la historia o la política, y difícilmente abordable. El tema urgente es que esa cultura no arrase con todo. Que la gente diferente pueda encontrar su sitio y su modo de desarrollo dentro del ámbito pactado y acordado entre toda la comunidad, de modo que no ponga en peligro derechos básicos de las personas. Este es un punto peliagudo y fundamental, dado que hay corrientes que defienden como prácticas culturales cuestiones que en muchos países son delito.
Hay ideas centrales que sería muy importante erradicar y discutir con los chicos en la escuela, como la peligrosisima de que mi identidad, la identidad de mi grupo, se hace y tiene sentido fundamentalmente porque me opongo al otro. La idea perversa de que no tengo sentido por lo que soy sino porque no soy de los otros que, además, dado que no son “yo”, son peores y no tienen razón. Este es un esquema según el cual están funcionando muchos de nuestros jóvenes y que resbala con mucha facilidad hacia la agresión.
Otra idea importante sería aflojar la presión para adscribirnos a un grupo. El “si no estás conmigo estás contra mí” es hoy un mensaje intimidador que corre de los patios de colegio a la alta política y que no deja muchas posibilidades a un mundo matizado y plural.

7. ¿Cómo es la relación con la familia de origen extranjero, que tal vez no viva en el mismo país? ¿Enriquecen a los niños estas visitas o “chocan”?

L.R.C: El niño necesita saber y conocer de dónde viene. La familia extensa forma parte de ese conocer traigan lo que traigan. Incluso en el caso de que algunas de esas cosas no nos gusten, siempre y cuando eso no suponga daño para el niño, será una oportunidad excelente para abordar y trabajar temas de interés con él que por mucho que intentemos esconder, si no los abordamos abiertamente circulan entre las familias de modo silencioso. Esa familia “de origen extranjero” es una parte del niño. Si es buena, si trae ideas renovadoras, sorprendentes, interesantes, bienvenido. Si algo de lo que traen “no encaja” es el momento de aprender algo muy importante para la vida: aceptarnos como conjunto, con lo bueno y lo malo, y aprender la posibilidad de crecer y superarnos a partir de ello.

—————————————————————————————————————————————LA PRIMERA REGLA

Novedades 2002. ABC Salud. Padres e Hijos.

L.R.C. La primera regla es el reflejo exterior más llamativo de un proceso que no empieza ni acaba con ese “detalle”: la pubertad. Hay signos anteriores que nos hacen sospechar que el proceso de la pubertad, con sus cambios, ha empezado, que las hormonas correspondientes se han activado: la evolución del vello corporal, el olor, los cambios en la distribución de la grasa, los primeros apuntes de curvas, son signos suficientes para que, sin alarmismos y con serenidad, podamos pensar que hay que ampliar los conocimientos básicos que hasta entonces la niña tenía sobre sexualidad y reproducción a otros más amplios y detallados que le permitan afrontar sin sorpresas lo que en breve ocurrirá.
Al llegar ese momento la niña debe estar convenientemente instruida como para poder afrontar los retos emocionales y prácticos que la regla conlleva. La educación sexual es algo que habrá de darse paulatinamente, incrementando la complejidad y detalle de la información a medida que crecen. Hay estupendos libros llenos de dibujos adaptados a las distintas edades e ideologías que sirven de soporte a una buena conversación. La lectura de estos libros debe ser guiada, por los padres normalmente, aunque al llegar a la edad puberal es bueno estudiar la posibilidad de que la niña tenga en su habitación un libro al que recurrir a su aire y que describa correctamente los cambios que se van a suceder y las medidas a tomar. Facilitar este material no significa que no se le deba dar, además, un apoyo personal, y no debe ser una excusa para eludir la comunicación con la niña al respecto.
Las ideas que la niña tenga sobre la regla van a venir determinadas por las ideas que su madre tenga al respecto, más las que tengan sus amigas. Cuando una madre vive la regla como algo dramático, doloroso, sucio o caracterizado por cualquier otra connotación negativa, ha de ser consciente de la influencia que esto puede tener en la elaboración que la niña haga del tema. En este caso conviene que se tengan otros puntos de referencia. No se trata de mentir a la niña sobre lo que se siente, pero se le puede poner en contacto con otras personas de la familia, profesionales de la salud o entre su propio circulo de amigas, que tengan otra visión positiva, de modo que cuente con las dos referencias.
Una vez que la niña ha entrado en el proceso de cambios de la pubertad, debe estar instruida adecuadamente en lo que eso significa a nivel fisiológico y de salud: funcionamiento de la regla, tiempos, regularidad o no, formas de manchar, anticoncepción, síntomas que pueden acompañar a la regla cómo dolor, irritabilidad, hinchazón y la forma de disminuir su impacto, pero siempre sin atemorizar ni excederse en la prevención. Una madre que comunica aterrada que la primera regla significa que puede quedarse embarazada puede provocar en la niña actitudes de rechazo e inhibición ante la presencia de los muchachos. Una información poco adecuada sobre los síntomas negativos puede aumentarlos o incluso ponerlos donde no tenía porqué haber.
Pero igual de importantes que estos conocimientos sobre salud lo son los conocimientos “prácticos” para manejar la regla: Es imprescindible una visita en el supermercado a la sección de tampones, compresas, salvaslip, etc. Que conozca las ventajas o inconvenientes de usar, por ejemplo, tampones, y que pueda tenerlos en su habitación incluso aunque por el momento haya pensado en no usarlos. Que cuente con la experiencia de alguien en quien la niña confíe para asesorarla sobre ello, con la posibilidad de que pueda tomar contacto con los distintos materiales, modelos y recursos de los que se puede servir y de que cuente con ellos en las primeras reglas para tomar sus decisiones particulares. Este aspecto, aparentemente banal, va a diferenciar a una niña que se siente “segura” de otra con pánico a tener gimnasia, clase de natación, excursiones o, simplemente, acudir a clase o a una discoteca. Esta seguridad o no, va a marcar su modo de actuar, relacionarse y, por lo tanto, sus sentimientos y emociones.
No se debe esperar a que la niña tenga información cuando ya ha aparecido la regla: la experiencia nos dice que, con frecuencia, ésta se presenta en el mes de campamento de verano (recordar publicidad: “Tu menstruación no se pierde ninguno de tus viajes”), en la excursión a la montaña o en plena clase de gimnasia. Debemos haber hablado antes con ella sobre cómo se sentirá si algo así ocurre y qué medidas puede adoptar. Algo tan simple como que el botiquín escolar cuenta con compresas, o que puede comprarlas en la farmacia de la esquina del instituto, o confiar en la profesora de lengua, son cosas que con frecuencia no se le ocurren a una niña de 10 años, confusa y sola, en un baño, lejos de su casa.
Una vez resuelto el problema de la información previa al hecho y cómo resolver los problemas de “intendencia” queda el de cómo reaccionar ante el evento socialmente. No conviene hacer demasiado alboroto familiar ante un tema que la adolescente, con toda razón, considerará particular e íntimo. Desde luego, conviene también evitar los llantos al modo “mi niña se me marcha”. La actitud adecuada es la de felicitación discreta y comedida, a modo de reconocimiento, de que estamos contentos y orgullosos de que crezca, solidaridad y complicidad positiva entre los miembros femeninos, pequeño detalle (un libro dedicado, un anillo, un objeto personal que queramos traspasarle…) si sentimos que queremos significar nuestra emoción de algún modo, pero siempre desde la discreción, e imprescindible consultarla sobre a qué personas quiere que se lo comentemos (padre, hermanos, abuelas), cuándo quiere que lo hagamos y si prefiere hacerlo ella personalmente, estar presente o no. En este sentido, es importante que pueda confiar en los padres y en la discreción y tacto de ellos.
Afortunadamente, los tiempos han cambiado mucho y los mitos sobre la regla son cada vez menos y afectan a menos gente. La idea de que las plantas se ponen mustias, el baño te mata, etc., se han diluido. La publicidad, por esta vez, ha hecho un trabajo positivo a favor de las mujeres y, sirviendo a sus intereses, ha extendido la idea de la regla como algo limpio, dinámico, de buena estética e, incluso, compatible con lo divertido. Las niñas crecen viendo esta publicidad, desde muy pequeñas, en la que gente muy joven se baña, usa ropa interior mínima y se divierte. Ninguna generación ha estado tan bien preparada y predispuesta al respecto, y, en muchas ocasiones, estas jóvenes pueden dar lecciones a sus madres.
Si en tiempos de nuestras abuelas la menstruación podía llegar a los 16 años, es cierto que hoy la edad se ha rebajado, y es normal una regla a los diez, y, aunque aun es ocasional, los médicos ven cada vez más casos, antes muy raros, de menstruación con 8 ó 9 años. El problema en las niñas que tienen la menstruación antes que sus compañeras está en el sentimiento de soledad y de no poder compartir con el grupo de iguales, al que se suma una apariencia corporal que insinúa una mujer cuando su entorno se mueve entre muñecas y juegos de niñas. Esto puede provocar un distanciamiento de las muchachas de su edad y que se aproxime a otras más mayores, al tiempo que inicia relaciones con chicos de más edad que se ven atraídos por una chica aparentemente mayor.
Por lo demás una niña de 11 años, hoy, tiene una desenvoltura, y unos recursos y conocimientos, con toda probabilidad superiores a los de nuestras abuelas de 16. Una vez que la niña puede compartir su experiencia dentro del círculo de amigas y pierde el miedo a que alguien en la clase descubra que guarda una compresa en la mochila como algo que la diferencia de las otras, la regla pasa a ser un incidente más en su vida.
Por último, llamar la atención sobre cómo la regla llega con normalidad y se asume en niñas que llevaban una vida normal, feliz y ausente de conflictos y cómo esta misma es un punto delicado del que hay que estar pendientes en muchachas que puedan atravesar momentos difíciles en su vida o que pudieran tener apuntes de conflictos psicológicos. La regla es un cambio y los cambios pueden hacer que un mínimo problema anterior se multiplique por 100. Es también un anuncio de que crecemos y de que definitivamente abandonamos el periodo anterior, lo cual puede provocar el pánico: es el momento en que muchos trastornos alimentarios florecen, y las inseguridades y los miedos se agigantan. Estos casos son los que hay que vigilar cuidadosamente y con los que hay que ser más sensibles.

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¿Cómo dijo, doctor…?

(En areasalud.com por L.R.C)

Todos conocemos anécdotas, recogidas andan en libros variados, de malentendidos entre médicos, psicólogos, enfermeras y demás, con sus pacientes. Estos van desde los más sencillos como aquel padre que pidió cita para el pedófilo en lugar de para el pediatra, a los que te ponen la carne de gallina. Recuerdo un amable padre que vino a confirmar el tratamiento que había creído entender que le recomendaban y que consistía en terminar con una enuresis aplicando por la noche unos “cablecitos” de corriente a los genitales del niño de forma que se activaran con la humedad. Era su idea del conocido aparato “pipi-stop”.

Sala de espera de un centro de salud público. Cada 5 minutos (tiempo medio asignado en medicina general) un paciente entra. Merece la pena observar. El enfermo sale con expresión confusa, se sienta de nuevo, se ajusta la ropa, mira su receta, intenta leerla, recordar lo que dijo el doctor. De repente se da cuenta de que se ha olvidado decirle algo importante, o de que no recuerda la posología, o cuándo debe volver: “y ¿cómo se llamaba lo que me pasa?. ¿Volver a entrar ahora? Imposible va a pensar que soy tonto o un pelma. Ya lo buscaré en una enciclopedia o preguntaré a mi cuñado…”

El trabajo en salud va más allá de curar, y con frecuencia incluye orientar, apoyar y educar. Cómo comunicar una enfermedad grave, explicar las alternativas, acompañar en la toma de decisiones, convencer para modificar estilos de vida y comportamientos o conseguir la credibilidad y fidelidad del paciente de modo que siga los tratamientos indicados sin abandonos o trampas. Cómo comprender su dolor o dificultades generadas por la enfermedad y cómo crear una empatía tal que él sienta que lo entendemos y nos hacemos cargo.

En los tiempos modernos, por eficacia y por reconocimiento hacia el enfermo, la competencia profesional necesita que el personal sanitario incluya en ella las habilidades de comunicación interpersonal precisas para lograr influencia sobre el paciente, inspirar confianza y motivarle de forma que la información obtenida sea la mejor, y la disposición para afrontar la enfermedad, la más idónea, sabiendo que tenemos al paciente en la mejor de las circunstancias posibles para asimilar el tratamiento.

El paciente entra en consulta. Se explica con dificultad, se pierde en otros temas, está angustiado por su enfermedad, no es hábil comunicando y el ambiente médico le asusta. El médico le explora sin hablar, añade dos o tres preguntas e indica una medicación. El paciente sale, la timidez y el despiste que le acompañó en la consulta se transforma en enfado: ¡ni la más mínima explicación! ¡nos tratan como a gallinas!. Es posible que este desdichado enfermo haya topado con un profesional con burning laboral, o que tuviera un mal día puntual; también es posible que esté cansado de repetir explicaciones mil veces, que piense que su paciente no puede entenderle, o incluso que quiera protegerle y tema que el lenguaje médico le confunda o le asuste y crea que pocas palabras indicarán enfermedad poco transcendente.

¿Cómo evitar los malentendidos?

El profesional debe:

- Dominar las habilidades de comunicación verbales y no verbales. Esto requiere estudios específicos ya que aunque no todos tenemos las mismas habilidades naturales se pueden aprender las técnicas.

- Tener una actitud de respeto al paciente, sea cual sea su condición y temperamento, y de respeto por su profesión y las obligaciones éticas que ésta conlleva.

- Nivel de conocimientos adecuados y capacidad para reconocer lo que se debe comunicar en cada momento.

- Ajustarse al nivel socio-cultural de su receptor sin sentir que por ello se devalúa su estatus profesional.

 

Expertos en medicina y psicología coinciden en que la comunicación médico-paciente/paciente-médico debe aumentar en los próximos años. Se ha demostrado empíricamente que mejorando la relación entre ambos mejora el diagnostico, en precisión y disminución de errores, y la eficacia del tratamiento. Si mejorar la comunicación requiriera una inversión económica en formación o incremento de tiempo por paciente, parece ser que se equilibraría la inversión con el ahorro al evitar ingresos hospitalarios innecesarios y recetar menos medicamentos. Pacientes mejor informados se sienten más satisfechos con los servicios médicos, se implican en el tratamiento y se sienten más seguros.

Algunas novedades pueden sernos útiles. Médicos y psicólogos ya están utilizando las nuevas tecnologías como un modo de acercarse a los pacientes. Las conexiones a internet sirven en ocasiones para relacionarles o resolver dudas en momentos o lugares en los que no sería posible de ordinario. Páginas especializadas en salud donde encontrar información precisa o contactar con asociaciones de enfermos pueden así mismo ser recomendadas por los especialistas. Los hospitales virtuales empiezan a proliferar y dentro de no muchos años las cámaras nos permitirán entrar en el hogar del enfermo con toda la información adicional que eso supone y que tradicionalmente supuso para el antiguo médico que “visitaba”.

Pero la simple, tradicional y sencilla receta de escuchar y escuchar es ya nuestra mejor baza. Comprobar, así mismo, que hemos entendido lo escuchado, devolviendo la información al paciente, y comprobar a su vez que éste nos escuchó pidiéndole referencia de ello, debería ser un tiempo imprescindible a perder, para ganar.

Laura Rico